Delors, Jacques
(1994). "Los cuatro pilares de la educación", en La Educación
encierra un tesoro. México: El Correo de la UNESCO, pp. 91-103.
LOS CUATRO PILARES DE
LA EDUCACIÓN
El siglo XXI,
que ofrecerá recursos sin precedentes tanto a la circulación y al
almacenamiento de informaciones como a la comunicación, planteará a la
educación una doble exigencia que, a primera vista, puede parecer casi
contradictoria: la educación deberá transmitir, masiva y eficazmente, un
volumen cada vez mayor de conocimientos teóricos y técnicos evolutivos,
adaptados a la civilización cognoscitiva, porque son las bases de las
competencias del futuro. Simultáneamente, deberá hallar y definir orientaciones
que permitan no dejarse sumergir por las corrientes de informaciones más o
menos efímeras que invaden los espacios públicos y privados y conservar el
rumbo en proyectos de desarrollo individuales y colectivos. En cierto sentido,
la educación se ve obligada a proporcionar las cartas náuticas de un mundo
complejo y en perpetua agitación y, al mismo tiempo, la brújula para poder
navegar por él.
Con esas
perspectivas se ha vuelto imposible, y hasta inadecuado, responder de manera
puramente cuantitativa a la insaciable demanda de educación, que entraña un
bagaje escolar cada vez más voluminoso. Es que ya no basta con que cada
individuo acumule al comienzo de su vida una reserva de conocimientos a la que
podrá recurrir después sin límites. Sobre todo, debe estar en condiciones de
aprovechar y utilizar durante toda la vida cada oportunidad que se le presente
de actualizar, profundizar y enriquecer ese primer saber y de adaptarse a un
mundo en permanente cambio.
Para
cumplir el conjunto de las misiones que les son propias, la educación debe
estructurarse en torno a cuatro
aprendizajes fundamentales que en el transcurso de la vida serán para cada
persona, en cierto sentido, los pilares del conocimiento: aprender a conocer, es decir, adquirir los instrumentos de la
comprensión; aprender a hacer,
para poder influir sobre el propio entorno; aprender a vivir juntos, para participar y cooperar con los
demás en todas las actividades humanas; por último, aprender a ser, un proceso fundamental que recoge elementos
de los tres anteriores. Por supuesto, estas cuatro vías del saber convergen en
una sola, ya que hay entre ellas múltiples puntos de contacto, coincidencia e
intercambio.
Mas, en
general, la enseñanza escolar se orienta esencialmente, por no decir que de
manera exclusiva, hacia el aprender a conocer y, en menor medida, el aprender a
hacer. Las otras dos formas de aprendizajes dependen las más de las veces de
circunstancias aleatorias, cuando no se les considera una mera prolongación, de
alguna manera natural, de las dos primeras. Pues bien, la comisión estima que,
en cualquier sistema de enseñanza estructurado, cada uno de esos cuatro
“pilares del conocimiento” debe recibir una atención equivalente a fin de que la educación sea para el ser humano,
en su calidad de persona y de miembro de la sociedad, una experiencia global y
que dure toda la vida en los planos cognoscitivos y practico.
Desde el
comienzo de su actuación, los miembros de la Comisión fueron conscientes de
que, para hacer frente a los retos del siglo XXI, sería indispensable asignar
nuevos objetivos a la educación y, por consiguiente, modificar la idea que nos
hacemos de su utilidad. Una nueva concepción más amplia de la educación
debería llevar a cada persona a descubrir, despertar e incrementar sus
posibilidades creativas, actualizando así el tesoro escondido en cada uno de
nosotros, lo cual supone trascender una visión puramente instrumental de la
educación, percibida como la vía obligada para obtener determinados resultados (experiencia
práctica, adquisición de capacidades diversas, fines de carácter económico),
para considerar su función en toda su plenitud, a saber, la realización de la
persona que, toda ella, aprender a ser.
[El cuerpo principal del presente artículo fue omitido por
razones de espacio, sin embargo recomendamos fervientemente su lectura]
Pistas y recomendaciones
• La educación a lo largo de la
vida se basa en cuatro pilares: aprender
a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser.
• Aprender a conocer, combinando
una cultura general suficientemente
amplia con la posibilidad de profundizar
los conocimientos en un pequeño número de materias. Lo que supone además:
aprender a aprender para poder aprovechar las posibilidades que ofrece la
educación a lo largo de la vida.
• Aprender a hacer a fin de
adquirir no sólo una calificación profesional, más generalmente una competencia
que capacite al individuo para hacer frente a gran número de situaciones y a
trabajar en equipo. Pero, también, aprender a hacer en el marco de las
distintas experiencias sociales o de trabajo que se ofrecen a los jóvenes y
adolescentes bien espontáneamente a causa del contexto social o nacional, bien
formalmente gracias al desarrollo de la enseñanza por alternancia.
• Aprender a vivir juntos
desarrollando la comprensión del otro y
la percepción de las formas de interdependencia (realizar proyectos comunes
y prepararse para tratar los conflictos) respetando los valores de pluralismo,
comprensión mutua y paz.
• Aprender hacer para que
florezca mejor la propia personalidad
y se esté en condiciones de obrar con creciente
capacidad de autonomía, de juicio y de responsabilidad personal. Con tal
fin, no menos preciar en la educación ninguna de las posibilidades de cada
individuo: memoria, razonamiento, sentido estético, capacidades físicas,
aptitudes para comunicar...
• Mientras los sistemas
educativos formales propenden a dar prioridad a la adquisición de
conocimientos, en detrimento de otras formas de aprendizaje, importa concebir
la educación como un todo. En esa concepción deben buscar inspiración y
orientación las reformas educativas, en la elaboración de los programas y en la
definición de nuevas políticas pedagógicas.
Oscar y Federico