“Los padres tienen obligación gravísima de procurar
con todo empeño la educación de sus hijos, tanto la religiosa y moral como la
física y civil, y de proveer también a su bien temporal”. (CDC 1113).
“Los padres, como primeros responsables de la
educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que
corresponda a sus propias convicciones...” (CATIC 2229)
“…En cuanto sea posible, los padres tienen el deber
de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores
cristianos” (CATIC 2229)
“Es
preciso que los padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho es
el de educar a los hijos, tengan absoluta libertad en la elección de las
escuelas. El poder público, a quien pertenece proteger y defender las
libertades de los ciudadanos, atendiendo a la justicia distributiva, debe
procurar distribuir las ayudas públicas de modo que los padres puedan escoger
con libertad absoluta, según su propia conciencia, las escuelas para sus
hijos”. (Gravissimum Educationis Momentum 6).
…”incumbe a cada hombre el deber de conservar su
papel de persona humana integral, en la que descuellan los valores de la
inteligencia, de la voluntad, de la conciencia y de la fraternidad, valores que
se fundan todos ellos en Dios Creador y que han sido maravillosamente sanados y
elevados en Cristo.
La primera fuente alimentadora de esta educación es,
ante todo, la familia.” (GS 61)
…”La familia, patrimonio de la humanidad, constituye
uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos y caribeños.
Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos,
hogar en que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente…La
familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de sus
hijos.”
(Benedicto
XVI- Aparecida, 114).
“Es un deber de los padres, especialmente a través de
su ejemplo de vida, la educación de los hijos para el amor como don de sí
mismos y la ayuda que ellos le presten para descubrir su vocación de servició,
sea en la vida laical como en la consagrada. De este modo, la formación de los
hijos como discípulos de Jesucristo, se opera en las experiencias de la vida
diaria en la familia misma.” (Aparecida, 303).